Y la escuela… ¿para qué?

El paradigma tradicional de la educación coloca a la persona joven como un recipiente vacío, cuyos maestros deben llenar de conocimientos científicos, competencias laborales y valores socioculturales que encajen dentro de un entorno adultocéntrico.

No obstante, el excesivo énfasis en desarrollar conductas socialmente aceptables y habilidades consideradas en el ámbito laboral como Hard Skills, deja en segundo plano la necesidad que tienen los estudiantes de estar preparados para enfrentar los desafíos personales, sociales, éticos y de desarrollo sostenible de la vida actual; y es que los cambios que se producen a nivel mundial son la causa de una apremiante revisión de las políticas educativas y sus principales gestores.

Los y las jóvenes, como actores del escenario pedagógico, se encuentran relegados tras bastidores; no son parte de la toma de decisiones respecto a temas transcendentales como su currículo de estudio, las estrategias pedagógicas que se manejan dentro de su aula de clases, ni mucho menos tienen una voz acerca de los métodos con los que son evaluados.

Pero el discurso de la institución pretende dar otra cara, intenta vender la idea de una persona joven empoderada, una juventud que es capaz de expresarse y contar sus historias a través de proyectos artísticos, culturales, tecnológicos o de entretenimiento.

Un manipulado activismo en el que los estudiantes son encausados en el camino del sistema o el camino del bien; porque para el sistema actual la juventud es el problema a resolver, y este problema se resuelve educándolos por medio de la vigilancia y el control bajo el disfraz de un discurso de autonomía y libertad.

Se educa bajo este método mediante los libros que se les impone leer, las tareas que no encuentran sentido al realizar, las evaluaciones que les provocan temor y frustración y a través de normas de conducta que intentan rescatar a la juventud del mismo hecho de ser joven.

Frente a este escenario cabe preguntarse, entonces ¿la escuela para qué?, ¿es el momento de prescindir de ella? La escuela como un factor de protección, más allá de una institución lucrativa, es el lugar donde se pueden llevar a cabo planes y programas que no solo fortalezcan el área intelectual sino que desarrollen en los estudiantes habilidades para la vida.

Es el lugar donde el y la joven puede ser parte de un equipo de trabajo, levantar su voz para convertirse en  sujeto reflexivo y consciente de su rol en la sociedad. Es el lugar en el que la juventud puede construir su propia identidad y desarrollar su liderazgo si los actores adultos: docentes, directivos y padres de familia dan apertura a espacios de diálogo igualitario, sin imponer ideologías, ni establecer programas hechos desde los centros de poder.

El problema no es la escuela, sino la visión que en las últimas décadas esta se ha ido forjando acerca de la juventud; una escuela que se ha negado a escucharlos y los obliga a encajar en un entorno cada vez más lejano a sus ideales. Esta es una situación que requiere la atención de nuevas políticas educativas, aquellas que no requieren subsidios, ni la revisión del presupuesto anual.

Las nuevas políticas necesitan salir desde la juventud, para la juventud. Mejorar la calidad de la escuela requiere que por un momento se deje de escuchar a los expertos, a los académicos y políticos, para escuchar a los principales actores de la educación: los y las  jóvenes.

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About Cindy Heredia S

MsC. Educación Superior, Innovaciones Pedagógicas e Investigación.

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